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Sentirse superado

El caos contra el orden inalterable. La duda y la necesidad de improvisar una respuesta ante el acertijo realizado premeditadamente. El agitado oleaje que no consigue hacer volcar al barco por muy fuerte que golpeen las olas. Pueden utilizarse miles de referencias para explicar lo sucedido en Barcelona, donde por más que el gigante de la ciudad condal empujó, se encontró con una pared que, a día de hoy, nadie ha conseguido derribar.

Ambos equipos llegaron al partido conscientes de sus posibilidades, imponiendo una autoridad al alcance de pocos. Pero el escenario era bastante diferente para unos y otros. Por un lado, un Barcelona que a pesar de la atmósfera negativa que transmitía el resultado de la ida, contaba con un precedente único: ni más ni menos que el de haber levantado un 4-0 en contra en esta misma competición, en un contexto peor en un principio. Sabedores de ello, salieron al campo convencidos de dar lo que tenían. Porque eran capaces de lograrlo, se sentían capaces. No obstante, la Juve era consecuente con que estaba ante la oportunidad de doblegar a un gigante de la competición y que dificilmente lo tendría más fácil. Lo único que debían hacer era seguir el plan establecido, ese que les ha convertido en uno de los equipos más respetados de la actualidad.

Existía la duda de cómo plantearía Allegri el partido, especialmente en los primeros instantes. Podía elegir entre adoptar una actitud ultraconservadora o salir a morder, a marcar territorio. Cuando los 10 minutos iniciales pasaron, el Barça aclaró sus dudas y ejecutó su plan de empuje. La idea fue focalizar el ataque en el perfil izquierdo y crear allí superioridad numérica, con Neymar, Iniesta y Jordi Alba como encargados. Cualquiera podría haber sucumbido ante tal presión: Neymar amenazaba con ponerse el traje que lució en la memorable remontada, la aportación de Alba estaba siendo de lo más positivo en el bando culé, e Iniesta puede tirar por tierra cualquier sistema defensivo existente sin que el paso de los años haga mella en su manera de jugar al fútbol. Sin embargo la Juve demostró durante todo el partido estar hecha de una pasta diferente. A nivel de contención, la consigna italiana era clara: esperar el contragolpe, buscar el error del trío de medios rivales y, especialmente, que tanto Cuadrado como Mandzukic perdieran la posición lo menos posible. Era fundamental para mantener la estructura defensiva que ocupasen ambos costados en todo momento. Khedira, por otra parte, se encargó de barrer absolutamente todo lo que tenía a su alcance. Ante la posibilidad de salir en corto hacia Busquets, o bien el alemán o bien Dybala le encimaban para estorbarle lo máximo posible.

Cuadrado cuajó una exhibición atlética recorriendo la banda una y otra vez, defendiendo y atacando con la misma intensidad

Conforme transcurrió el partido el Barcelona se acercó más a Buffon, pero salvando esos momentos de mago que siempre ofrece Messi, la sensación de que el gol podía llegar quedaba cada vez más remota. La mayor parte de los disparos no veían portería. Sin embargo dicha situación no era consecuencia de una falta de acierto, aunque sí fuese cierto que el equipo echó en falta un jugador que entrase al partido con un par de revoluciones menos. Todo ello generó un sentimiento de frustración al que, sin ningún problema, se le pueden poner nombre y apellidos. Leonardo Bonucci firmó una de las mejores actuaciones individuales que puede haber protagonizado un defensor italiano en los últimos diez años en este torneo. Despejó todo lo que le llegó y ganó cualquier duelo que le tocó disputar.

El ejercicio de resistencia juventino se hizo más épico conforme llegaba el final del partido. Luis Enrique sumaba cada 10 minutos un nuevo efectivo en ataque hasta acabar con Piqué pegándose por cada balón con el anteriormente mencionado Bonucci. Pero no fue suficiente, no para acabar con la seguridad de un sistema de este calibre. El clínic defensivo que exhibió la Juventus pudo con claridad con la agitación culé, Messi, Neymar, el resto de colosos blaugranas, y con un Camp Nou lleno hasta la bandera. Sencillamente no bastó, no esta vez. Casi 100.000 personas fueron testigos de cómo se humanizaban aquellos que hasta no hace mucho parecían dioses, al mismo tiempo que el monstruo de rayas blancas y negras se cobraba una nueva víctima, otra más. Viendo cómo generan cada vez más y más respeto a base de grandes actuaciones, aquella que puedan realizar los italianos en unas próximas semifinales promete ser memorable como poco, sea quien sea el rival. Sin duda.

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